Nunca he pensado en llegar a la vejez como una rosa, pero cuando oigo a mi abuelo decir que vive "gracias a los medicamentos", se esfuma esa idea que alguna vez se me ha pasado por la cabeza de poder morirme "de vieja". Quién me iba a decir que la cosa iba a ser tan complicada.
Van cinco en el desayuno: Seguril para eliminar líquidos; Novonorm para el azúcar; Nolotil y Efferalgan, calmantes (que pueden alternarse porque hay quien los toma tres veces al día), y por supuesto, Pantecta u Omeprazol, para proteger el estómago ante la ingente cantidad de "remedios químicos". No sigo. Otros tres antes de la comida y alguno más después de cenar. De suerte que la mayoría no tienen carné de conducir, serían un peligro para los viandantes y darían positivo en todos los test antidroga. No hay que olvidarse, cuando uno tiene ya cierta edad, de medirse el azúcar tres veces al día, antes de desayunar, comer y cenar. Menos mal que cuando me jubile, sólo voy a tener que preocuparme por el azúcar, la tensión y la pastilla del colesterol. Seguro que con los años, también por una posible úlcera estomacal.
Además, como mi abuelo está jubilado, no tiene que pagar los medicamentos y puede conseguir Nolotil para toda la familia. ¡Nunca está de más ahorrarse unos eurillos! Ahora, como finalmente retrasen la edad de jubilación, van a ser dos años muy duros. ¿Alternativas para pasar el mono? Me extraña que los ancianos no estén conspirando para montar un mercadillo, aprovechando que sus recetas son mensuales y no van a "medicamento por revisión". Es una pena que, al final, se juntan con un montón de medicinas que hay que tirar a la basura, porque la mayoría llegan a caducarse sin servir al fin para el que fueron creadas.
La juventud de ahora ya no es como la de antes. Tampoco la vejez. Es fácil oír a las personas mayores decir que nuestra generación es más endeble, más debilucha y que no soporta el dolor. Luego siguen: "¡Cuando yo tenía tu edad, los días que no me tocaba labrar, tenía que andar 3 kilómetros para ir al colegio, con unos zapatos rotos y viejos que me duraban tres años!". Qué tiempos aquellos. Nada que ver con los de ahora. Hemos llegado a un punto, en el que no soportamos un simple dolor de cabeza.
-Mamá, me duele la cabeza.
-Tómate un ibuprofeno.
Fácil y rápido. Dejé de tomar Ibuprofenos porque terminaron por producirme jaquecas.
-Mamá, tengo dolor de tripa.
-Ahí tienes Omeprazol.
Evito tomar Omeprazol porque, simplemente, dudo de su eficacia como protector de estómago. Suma y sigue. Al final, los medicamentos terminan por no hacer efecto, porque el cuerpo, dicen, se acostumbra a todo. La mejor parte se la llevan las farmacéuticas, en las que más que antídotos, en algunos casos parece que venden piedras filosofales. Pero no por ello la gente deja de comprarlos. Qué van a hacer, con la salud no se juega. Ya dijeron en su día los periódicos que se disparó la demanda de los fármacos que vendían una solución para la ya olvidada Gripe A. En distinta situación están algunos americanos, que se ven obligados a comprar sus medicinas en Internet ante la imposibilidad de pagarlas. Aquí, hay que admitir, que aunque para algunos es poco valorada y para otros un recurso a explotar, bien se vale de nuestra Seguridad Social.
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