Parece ser que el alcohol anula todos los sentidos, incluso el sentido cívico. Para muchos, el civismo es algo que todo el mundo debería tener, ya sea por respeto a los demás, ya sea por sentido común, por naturaleza innata o por educación. Es complicado en sí mismo el asunto, pues no a todo el mundo le satisface cumplir con su responsabilidad cívica, aquella que debe al resto de ciudadanos por el simple hecho de ser compañeros en la tarea social que todos llevamos a cabo. A muchos les encanta desentenderse de los demás, piensan que cada uno es libre de ir por su camino, y que aquí "o pisas, o te pisan", tema abanderado por los que pasan olímpicamente del resto. Pero no es así. Todos vivimos en un entorno común que debería ser respetado, en el que deberíamos intentar convivir como personas civilizadas, aunque sólo sea por hacer más fácil la tarea.
Si vas por la calle y ves que la gente tira las cosas al suelo, que escupe por las aceras o que pasa dando empujones sin disculparse, queriendo o sin querer, puedes hacer caso omiso, oídos sordos y mirar para otro lado. A nadie le gusta denunciar las necedades de los demás. Bueno, algunos lo hacen exclusivamente por gusto. Eso sí, lo fácil es tirar la piedra y esconder la mano. Pero qué menos que, aunque no se denuncie, se trate de evitar. Puede que las acciones anteriormente enumeradas parezcan una simple falta de educación, pero denotan una gran falta de sentido cívico.
Nadie (que no sea abstemio) desconoce los efectos del alcohol, a algunos hasta puede que les resulten familiares. Parece ser (es algo que tengo comprobado) que el alcohol anula por completo el sentido en cuestión. Espero que los que mean en la calle por las noches, lo hagan sólo cuando se encuentran en estado de embriaguez. Tampoco pondría la mano en el fuego por ello. El caso es que el otro día me monté en el autobús para ir a trabajar, a eso de las 7 de la mañana, y cual fue mi sorpresa cuando un grupo de adolescentes borrachos, además de armar jaleo, decir improperios y montar un "circo" en el transporte público, deciden encenderse un cigarrillo, tranquilamente, mientras siguen con su quehacer mañanero del domingo de madrugada. Ya es bastante insultante, creo, tener que aguantar tal comportamiento. Pero nadie dijo nada. La verdad es que lo entiendo, quién querría desatar la furia de cuatro bellacos, bebidos hasta las trancas, que poco conocimiento tienen de lo que dicen y lo que hacen. Aunque, a juzgar por su conversación, una pizca de consciencia ya tenían. Eran bastante más jóvenes que yo, y me estaban fastidiando un trayecto en el que me costaba mantenerme despierta, así que le dije a uno de ellos:
-Oye, chaval, ¿sabes que aquí no se puede fumar?
-¿Y qué?- me contesta el interpelado, como si hubiera interrumpido el mejor de sus discursos.
-Que apagues el cigarrillo y tengas un poco de respeto. Yo también quiero fumar y no lo hago.
-Pues enciéndete uno, toma- contesta, ofreciéndome un Lucky. Estaba claramente borracho.
-No, no quiero. ¿Tú sabes lo que es el sentido cívico?
-¿Qué?
No diré más. La conversación no dio para mucho, pero he de decir que tuve suerte de que no les diera por ponerse muy tontos. Resulta que aprendieron qué era eso del civismo, aunque al día siguiente es casi seguro que no lo recordaran. Tampoco me escucharon de buena gana, pero al final apagaron los cigarrillos, seguramente para que me callara de una vez. He de decir que el resto del viaje fue la mar de tranquilo.
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