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Terra
La Coctelera

Mucho ruido... ¿Pocas nueces?

 

Como "histórica", tildan los medios impresos la reforma sanitaria del Presidente Obama. Habrá que ver si al final este cambio resulta algo histórico o, más bien, "mucho ruido y pocas nueces". Es importante destacar que una gran potencia como Estados Unidos haya sido durante tantos años (desde los comienzos de su historia) un país que no concibe la Sanidad como un derecho, donde cada año mueren más de 200 mil estadounidenses por problemas de salud que pudieron haberse tratado en hospitales tanto públicos como privados. La Sanidad no es un servicio, sino un negocio.

Un país tan avanzado en algunos aspectos, que sorprende su modo de gestionar algo tan básico como es el seguro médico, en manos de aseguradoras privadas que no tienen otro fin que el lucrativo. Se elige el tipo de seguro que encaja con cada uno, el hospital donde se desea ser tratado, y ellos se encargan del papeleo. Ofrecen varios modelos entre los que elegir (uno más escueto, en el que el asegurado tiene acceso a determinados servicios sin coste añadido; otro, un poco más caro pero más común, en el que se eligen médicos y hospitales dentro de una lista; y el último, similar al anterior pero con la diferencia de que si se elige un médico fuera de la lista, se paga del propio bolsillo). La mayoría de las personas que cuentan con un seguro lo obtienen de las empresas para las que trabajan, aunque no están obligadas a ofrecer un seguro a todos los contratados. El resto de ciudadanos, con o sin trabajo, que no puedan costearse un seguro gratuito, si quieren estar cubiertos, tienen que comprar una póliza a las aseguradoras privadas.

Burocracia pura y dura, en la que la mayor inversión se realiza para evaluar los riesgos que puede presentar una persona: no debe olvidarse de mencionar si tiene el azúcar muy alto, presenta síntomas de alguna enfermedad o se rompió algún hueso de pequeño. Me imagino al médico diciéndole a su paciente: "Lo siento mucho, pero no podemos asegurarle porque es una persona con propensión al infarto". Condenado por una insuficiencia cardíaca, tendrá que buscar un mejor postor, no vaya a dejar su vida en manos de alguien que no cobre un duro por él. Y así están esas personas que, con su trabajo fijo y una vida deseable, ven truncados sus planes de futuro porque resulta que han tenido que vender su casa para costearse los gastos de una operación que, maldita su suerte, necesitan para vivir. Y en peores condiciones están los parados. No son ni uno ni dos, en América a estos casos les sobran ceros.

En la teoría, Estados Unidos es el país que más recursos destina a Sanidad, concretamente un 16% del PIB. En la práctica, qué contradicción... ¿A dónde va todo ese dinero? ¿Dónde están los resultados? Obama, "el salvador", llega con una nueva reforma. Bien es cierto que, al empezar su campaña, Sanidad era uno de sus objetivos prioritarios. Parece que en esto no ha mentido. Con este "salto histórico", el Presidente de EE.UU. pretende proteger a los 47 millones de personas que carecen de seguro médico, que podrán comprar pólizas a las aseguradoras privadas a un coste inferior a los precios actuales. Los que no dispongan de dinero suficiente podrán pedir al gobierno un subsidio para obtenerlas. Pero la calidad de la cobertura va a seguir dependiendo en gran medida de las aseguradoras privadas, con la diferencia de que, con la nueva ley, no podrán excluir a los clientes que enfermen ni poner un tope en las compensaciones que los pacientes reciban.

Es el mayor cambio en la sanidad nacional en más de 80 años y sorprende que se traduzca en 219 votos a favor y 212 en contra. Pero, ¿no es para mejor? ¿Por qué tanta oposición? Resulta, por una parte, una batalla "perdida" para las aseguradoras, que no podrán negar la cobertura a personas con enfermedades de largo tratamiento a partir de 2014. Pero también es cierto que, de entrada, ganan 47 millones de personas ahora no aseguradas que, con la aplicación de la nueva norma, deben comprar una póliza. Por otra parte, los estadounidenses se plantean el coste de la reforma, que no les hace ninguna gracia. Los detractores (en su gran mayoría Republicanos) acusan a Obama de aumentar el poder del Estado en una cuestión personal, y de poner al borde de la bancarrota a la nación y a sus generaciones futuras con el inmenso coste de estos nuevos cambios: 940.000 millones de dólares en 10 años.

Llegados a este punto, cabe plantearse si finalmente la reforma aprobada, como ejemplo de un país democrático, se lleva a cabo como tal. Si las presiones no superan a las intenciones, si la oposición se torna en unanimidad y los principios que rigen la nueva ley no sucumben a las perversiones de los que, con todo esto, sacan menor tajada. Un hecho definido como "histórico" que, para bien o para mal, dará mucha guerra.

EL DEBATE DEL DEBATE: ¿CULTURA O BARBARIE?

Como si España no tuviera bastante con lo que tiene, ahora empiezan a debatirse asuntos que bien podrían referirse más a las preferencias privadas de cada uno que a un bien común de la sociedad. Y más que un debate, parece un conflicto bélico. Una guerra que comenzó en el Parlament de Cataluña, en el que una treintena de estudiosos y oficiosos (incluyo a los toreros en este último grupo) se tiran de los pelos por decidir si se prohíben finalmente las corridas de toros en esta Comunidad. Y es que la llamada Fiesta Nacional despierta muchas "pasiones".

  Pero la cosa no queda aquí. Puestos a echar leña al fuego, ¿por qué no declarar las corridas de toros como un Bien de Interés Cultural? Si en Barcelona piensan abolir la fiesta, en Madrid, Valencia y Murcia, sus dirigentes pepeístas la defienden con uñas y dientes. Sí que va a ponerse interesante el asunto. Desde hace años, el debate era bastante claro: o se está con los convencidos antitaurinos o con los que defienden la fiesta como seña de identidad. Ahora ese debate se omite, se tapa, se cambia por otro que causa más fervor entre la sociedad: ¿Bien de Interés Cultural o espectáculo vergonzoso? Pensaba yo que con toda la intromisión de los Gobiernos en este tema, esta segunda parte de la polémica quedaría omitida, pero no. Resulta que el catedrático Jesús Mosterín se atrevió a comparar las corridas de toros con la violencia de género o la "ablación del clítoris". ¿Hasta dónde vamos a llegar por defender una opinión? No me gustan los toros pero tampoco me desnudaría en mitad de la plaza para reivindicar sus derechos.

  No comparto la opinión de los que contemplan la matanza de un toro como espectáculo en el que un tipo armado con una espada y vestido con un traje de luces acuchilla a un animal frente a cientos de personas que aplauden y se divierten, para después cortarle las orejas y el rabo como símbolo de victoria. Creo que es una barbaridad que en pleno siglo XXI todavía nuestras fiestas se asemejen a las de los romanos, aunque ahora en vez de tirar gladiadores a los leones, pagamos por ver cómo se mata a un animal que, por lo menos, cuenta con un par de cuernos para defenderse. Quizá por eso resulta entretenido para muchos. No sé si me da más pena el torero que arriesga su vida creyendo que hace algo digno por su país (o vete tú a saber por qué) o el toro que sale al ruedo sin saber lo que le espera. Normal que intente hincar su cornamenta a la mínima de cambio.

  Pero este no es el caso. No es lo que hoy está en el debate público. Ya no se trata de si se matan animales o no, de si es una barbaridad o una Fiesta Nacional, como muchos la designan. Está claro que los toros forman parte de la cultura española. Hay quien se avergüenza de ello y hay quien piensa que es un arte, una seña de identidad y una muestra del carácter español ese que el torero le demuestra a la bestia cuando están frente a frente. Pero quién pudiera meterse en la cabeza del torero antes de salir a la plaza. En fin, para muchos es la esencia española. Pero hoy es un debate del debate, que parece más bien un contra debate. Los gobiernos se van de tema. Los temas se politizan. ¿Desde cuando los toros son asunto del Parlamento? ¿Qué parte de la cultura es la que acoge fiestas como estás? ¿Ocio y diversión? Parecen más bien unas inusitadas ganas de ponerle a todo "la puntilla", nunca mejor dicho.

 

 

 

 

Sobredosis de pastillas

 Nunca he pensado en llegar a la vejez como una rosa, pero cuando oigo a mi abuelo decir que vive "gracias a los medicamentos", se esfuma esa idea que alguna vez se me ha pasado por la cabeza de poder morirme "de vieja". Quién me iba a decir que la cosa iba a ser tan complicada.

Van cinco en el desayuno: Seguril para eliminar líquidos; Novonorm para el azúcar; Nolotil y Efferalgan, calmantes (que pueden alternarse porque hay quien los toma tres veces al día), y por supuesto, Pantecta u Omeprazol, para proteger el estómago ante la ingente cantidad de "remedios químicos". No sigo. Otros tres antes de la comida y alguno más después de cenar. De suerte que la mayoría no tienen carné de conducir, serían un peligro para los viandantes y darían positivo en todos los test antidroga. No hay que olvidarse, cuando uno tiene ya cierta edad, de medirse el azúcar tres veces al día, antes de desayunar, comer y cenar. Menos mal que cuando me jubile, sólo voy a tener que preocuparme por el azúcar, la tensión y la pastilla del colesterol. Seguro que con los años, también por una posible úlcera estomacal.

Además, como mi abuelo está jubilado, no tiene que pagar los medicamentos y puede conseguir Nolotil para toda la familia. ¡Nunca está de más ahorrarse unos eurillos! Ahora, como finalmente retrasen la edad de jubilación, van a ser dos años muy duros. ¿Alternativas para pasar el mono? Me extraña que los ancianos no estén conspirando para montar un mercadillo, aprovechando que sus recetas son mensuales y no van a "medicamento por revisión". Es una pena que, al final, se juntan con un montón de medicinas que hay que tirar a la basura, porque la mayoría llegan a caducarse sin servir al fin para el que fueron creadas.

La juventud de ahora ya no es como la de antes. Tampoco la vejez. Es fácil oír a las personas mayores decir que nuestra generación es más endeble, más debilucha y que no soporta el dolor. Luego siguen: "¡Cuando yo tenía tu edad, los días que no me tocaba labrar, tenía que andar 3 kilómetros para ir al colegio, con unos zapatos rotos y viejos que me duraban tres años!". Qué tiempos aquellos. Nada que ver con los de ahora. Hemos llegado a un punto, en el que no soportamos un simple dolor de cabeza.

-Mamá, me duele la cabeza.

-Tómate un ibuprofeno.

Fácil y rápido. Dejé de tomar Ibuprofenos porque terminaron por producirme jaquecas.

-Mamá, tengo dolor de tripa.

-Ahí tienes Omeprazol.

Evito tomar Omeprazol porque, simplemente, dudo de su eficacia como protector de estómago. Suma y sigue. Al final, los medicamentos terminan por no hacer efecto, porque el cuerpo, dicen, se acostumbra a todo. La mejor parte se la llevan las farmacéuticas, en las que más que antídotos, en algunos casos parece que venden piedras filosofales. Pero no por ello la gente deja de comprarlos. Qué van a hacer, con la salud no se juega. Ya dijeron en su día los periódicos que se disparó la demanda de los fármacos que vendían una solución para la ya olvidada Gripe A. En distinta situación están algunos americanos, que se ven obligados a comprar sus medicinas en Internet ante la imposibilidad de pagarlas. Aquí, hay que admitir, que aunque para algunos es poco valorada y para otros un recurso a explotar, bien se vale de nuestra Seguridad Social.

 

 

 

Va por ti, mamá

La gala de los Goya fue un exitazo. Capitaneada por un Buenafuente divertido y ocurrente, con breves apariciones que lograron arrancar las sonrisas de un público tan exigente como puede ser el gran elenco de actores que forma parte de nuestro cine español. La Celda 211 de Monzón, que logró arrasar en los premios pese a que Ágora y Amenábar le pisaban los talones, fue la protagonista de la noche. Hubo risas, abrazos y reconciliaciones (Almodóvar, que a pesar de no ser premiado por sus Abrazos rotos, consiguió reconciliarse finalmente con la academia y hacer una gran aparición al terminar el evento). Unas dos horas y media sin descanso, un espacio que antes hubiera pertenecido en parte a la publicidad pero que televisión española logró suplir a la perfección.

Nunca he visto los Oscars (por lo menos, de principio a fin), creo que me resultarían más aburridos, porque aunque se trata de actores famosísimos y reconocidos en gran parte del mundo, los veo como personas más distantes, frías. Aunque siempre hay alguno que sabe acercarse a su público. Son muchas las cualidades que nos distinguen de nuestros "vecinos" americanos, muchas las diferencias entre el cine español y el estadounidense. Parece que un abismo separa al tan respetado y piropeado George Clooney, de nuestro sencillo, odiado y querido Santiago Segura. Pero tal vez sea por eso, porque son enteramente españoles y nuestro cine está tan enteramente españolizado, por lo que una gala como la de los premios Goya fue tan bien acogida entre los telespectadores durante la noche de San Valentín. Su éxito puedo venir de la mano de la calidad, de la entereza de los que no recibieron su premio (que ya estaban advertidos cuando se sentaron en su butaca), del humor y, sobre todo, de los protagonistas. No sé como serán en el fondo los actores de Hollywood, pero parece que algunos nunca terminan de ejercer su papel, siempre y cuando tengan una cámara delante. Pero lo que realmente llama la atención, lo que desata una sonrisa, lo que mantiene a uno enganchado a un evento de este tipo es que, sea cual sea nuestra profesión, todos somos humanos, y en algo se tiene que notar. La familiaridad, la humildad y la humanidad, que incluso llaman la atención en los actores, es la pincelada que definió a los Goya. ¿Y qué sucedería si una cualidad como esta llegara a negarse?

Es increíble que en una entrega de premios como los Oscars quede prohibido (sí, prohibido) dedicar el premio a los familiares. ¿En qué vamos a convertirnos? Resulta que son cosas que "no dan audiencia". Vale que el cine es una industria, vale que los canales necesitan audiencia. Pero esto no justifica que restemos a los propios actores, directores, productores y más gente del gremio, la única oportunidad que tienen para parecer un poquito más humanos. Una cosa es poner un límite al discurso, que aunque es algo que no comparto y me parece excesivo, puede justificarse para dar fluidez al evento, ya que es televisado y no es cuestión de eternizarse. Pero aunque no conozco a la madre de Brad Pitt ni a los hijos de Harrison Ford (si es que los tiene), ni falta que hace, el caso es que los tienen. Igual que tienen derecho a dedicarle el premio a quien les venga en gana, a decirlo en televisión y a lanzar besos a la cámara si es lo que quieren. ¿Por qué no? Es su premio, que se lo han ganado, y es su momento de gloria. Ni que sus discursos atentaran contra la sociedad, la mayoría se limita a ser agradecido. ¿Hasta eso acabaremos negando, para conseguir audiencia?

No creo que a los espectadores les importe mucho escuchar las dedicaciones de sus actores favoritos, de lo contrario no se tragarían una entrega de premios que dura más de dos horas. ¿Qué piensan hacer? Puedo imaginar una gala en la que se canten los nombres de los ganadores, que irán a recoger su premio sin mediar palabra, y no duraría más de media hora. Ya que vamos a lucrarnos a costa de la cultura, pongámosle un poco de entusiasmo. Sólo les falta hacer un show entre entrega y entrega en el que aparezcan los cuatro palurdos de turno haciendo lo impensable para conseguir subir un punto de share. Tiempo al tiempo.

 

 

El más común de los sentidos

 Parece ser que el alcohol anula todos los sentidos, incluso el sentido cívico. Para muchos, el civismo es algo que todo el mundo debería tener, ya sea por respeto a los demás, ya sea por sentido común, por naturaleza innata o por educación. Es complicado en sí mismo el asunto, pues no a todo el mundo le satisface cumplir con su responsabilidad cívica, aquella que debe al resto de ciudadanos por el simple hecho de ser compañeros en la tarea social que todos llevamos a cabo. A muchos les encanta desentenderse de los demás, piensan que cada uno es libre de ir por su camino, y que aquí "o pisas, o te pisan", tema abanderado por los que pasan olímpicamente del resto. Pero no es así. Todos vivimos en un entorno común que debería ser respetado, en el que deberíamos intentar convivir como personas civilizadas, aunque sólo sea por hacer más fácil la tarea.

Si vas por la calle y ves que la gente tira las cosas al suelo, que escupe por las aceras o que pasa dando empujones sin disculparse, queriendo o sin querer, puedes hacer caso omiso, oídos sordos y mirar para otro lado. A nadie le gusta denunciar las necedades de los demás. Bueno, algunos lo hacen exclusivamente por gusto. Eso sí, lo fácil es tirar la piedra y esconder la mano. Pero qué menos que, aunque no se denuncie, se trate de evitar. Puede que las acciones anteriormente enumeradas parezcan una simple falta de educación, pero denotan una gran falta de sentido cívico.

Nadie (que no sea abstemio) desconoce los efectos del alcohol, a algunos hasta puede que les resulten familiares. Parece ser (es algo que tengo comprobado) que el alcohol anula por completo el sentido en cuestión. Espero que los que mean en la calle por las noches, lo hagan sólo cuando se encuentran en estado de embriaguez. Tampoco pondría la mano en el fuego por ello.  El caso es que el otro día me monté en el autobús para ir a trabajar, a eso de las 7 de la mañana, y cual fue mi sorpresa cuando un grupo de adolescentes borrachos, además de armar jaleo, decir improperios y montar un "circo" en el transporte público, deciden encenderse un cigarrillo, tranquilamente, mientras siguen con su quehacer mañanero del domingo de madrugada. Ya es bastante insultante, creo, tener que aguantar tal comportamiento. Pero nadie dijo nada. La verdad es que lo entiendo, quién querría desatar la furia de cuatro bellacos, bebidos hasta las trancas, que poco conocimiento tienen de lo que dicen y lo que hacen. Aunque, a juzgar por su conversación, una pizca de consciencia ya tenían. Eran bastante más jóvenes que yo, y me estaban fastidiando un trayecto en el que me costaba mantenerme despierta, así que le dije a uno de ellos:

-Oye, chaval, ¿sabes que aquí no se puede fumar?

-¿Y qué?- me contesta el interpelado, como si hubiera interrumpido el mejor de sus discursos.

-Que apagues el cigarrillo y tengas un poco de respeto. Yo también quiero fumar y no lo hago.

-Pues enciéndete uno, toma- contesta, ofreciéndome un Lucky. Estaba claramente borracho.

-No, no quiero. ¿Tú sabes lo que es el sentido cívico?

-¿Qué?

No diré más. La conversación no dio para mucho, pero he de decir que tuve suerte de que no les diera por ponerse muy tontos. Resulta que aprendieron qué era eso del civismo, aunque al día siguiente es casi seguro que no lo recordaran. Tampoco me escucharon de buena gana, pero al final apagaron los cigarrillos, seguramente para que me callara de una vez. He de decir que el resto del viaje fue la mar de tranquilo.

Estado del malestar

 ¿Hay algún médico en la sala?

Soy el pensionista, el jubilado, el parado, el despedido. El que se quedó sin casa, el hipotecado, el trabajador al que no renovaron y el empleado temporal. Soy la clase media asalariada.

¿Pero dónde está el médico?

Soy el endeudamiento, soy el gasto público. Soy el paro, soy la recesión. Soy la crisis, soy el euro, soy el capital.

Por favor, ¡que alguien llame a un médico!

Soy el Estado, la potencia desplomada, descarrilada y absuelta del progreso económico, de la utópica recuperación.  Soy la víctima. Y el verdugo.

Señora, ya no hay nada que se pueda hacer. Es demasiado tarde, lo siento.

Soy yo y somos todos. Que alguien diagnostique, que encuentren la solución. Cuando en las películas preguntan por un médico, resulta que no hay ninguno o puede que aparezcan tres. Pero qué cruda es la realidad. Qué difícil es analizar y diagnosticar, qué complicado es solucionar. Y qué cercana la mala praxis.

Si cualquiera pudiera hacer de juez, seguro que lo primero de todo sería, ante una serie de hechos, el análisis de la situación. Si no lo primero, por lo menos lo más cuerdo. Cuando un ayuntamiento niega el empadronamiento a los inmigrantes ‘sin papeles' (¿sin derechos?) surge el debate, surge la oposición. ¡Si  todavía se habla de inmigración! Cuando resulta que está en boga eso de acoger los residuos nucleares, sea porque se caduca su estancia en el extranjero, sea por las innumerables "ventajas" que (creen) aportan al que los recibe, resulta que unos piensan en un parque y los demás en el cementerio. Cuanto menos, curioso. Mientras gobierno y oposición se pelean por la carrera electoral (que por lo visto dura todo el año), otros se insultan, se llaman "hijoputa". Los aeropuertos sufren renovación tecnológica, se debate el sueldo de sus trabajadores, que está por los cielos. ¿Se sustituirán por sistemas automatizados para recortar gastos? Quién sabe, lo único evidente es la necesidad de abaratar costes, sea por el déficit, sea por empezar a ahorrar. Que ya es hora. Se exhuman los cadáveres para que puedan ser beatificados. Atacan los troyanos, ya no en una historia bélica, sino en el ciberespacio. Cualquiera es hoy un blanco fácil. Fuera, todavía llueve.

El exterior observa, Europa juzga. Las medidas económicas propuestas por nuestro presidente en la U.E. no dieron su fruto. ¿Penalizar a los países que no cumplan requisitos económicos? Más lejos aún, están las víctimas de las catástrofes. Porque siguen ahí, mientras los que ven el vaso medio lleno, no desaprovechan su oportunidad de sacar tajada. Seguro que con un grupo de niños se puede hacer negocio.

Los más halagüeños confían en que cuando algo ya no puede ir a peor, sólo puede mejorar. ¿Qué pasa con la Democracia? Incompatibilidad de modelos, dicen algunos. Puede que la crisis llegue a todas partes. Es difícil confiar en la Democracia ante dos partidos enfrentados, un gobierno imprevisible y una oposición que poco aporta. Tampoco es recomendable mirar a los vecinos, no vaya a ser que llegue lo "bueno por conocer".

Soy el Estado y estoy malo, estoy perdiendo "bienestar". Es difícil encontrar un piloto que sea capaz de encauzarme, tras los volantazos que han hecho virar mi rumbo. Difícil, pero no imposible. Hace falta consenso, apoyo, menor oposición. Hay que tener en cuenta que un capitán no es nadie sin su tripulación. Que el buen gobierno depende también de los gobernados. Se trata de no tomar medidas despóticas, se trata de tener sentido crítico. Pero antes de criticar, sopesar. Se trata de aportar.

Apagón analógico cultural

La cinco ya no es "Telecinco", es "Teledeporte", por lo menos en mi casa. Cuando enciendo el televisor, un pantallazo blanco me recuerda que "la programación disponible ha dejado de emitirse por este canal". Otra vez, dale al mando, ajusta el volumen y encuentra algo que consiga mantener tu atención durante más de 20 minutos. Es todo un reto.

Más de 30 canales, la mayoría para llenar la parrilla televisiva. Antena3, Antena.neox, Antena.nova, en los que muchas veces dan la misma programación, son las estrellas de la TDT (Televisión Digital Terrestre). Me pregunto para qué los tres. Intereconomía nos advierte de que está "sin servicio", será que tienen alguna dificultad técnica. Es toda una odisea encontrar programación de calidad, después de un largo y estresante zapping en el que descubres que la telebasura puede llegar a extremos inusitados. Finalmente, consigues sintonizar algo que, aunque no sea demasiado bueno, llama tu atención. Empiezas a verlo y cuando consigues seguir el hilo... ¡zas! "Señal insuficiente". ¿Será por la tormenta, que no llega la señal? No, fuera ni siquiera chispea. Bueno, esperas unos segundos y enseguida vuelve. Es algo que se puede aguantar, siempre y cuando no se repita de forma constante. ¿Qué era eso de ver la televisión para evitar el estrés?

Nunca sabe uno lo que va a encontrar. Canales con nombres desconocidos que desorientan al televidente, como Flymusic, FDF, Clan... Cuesta encontrar un canal específico, porque como ha cambiado el número que todos tenían en el antiguo mando, es necesario zappear hasta conseguir lo deseado. Menos mal que un repaso rápido por todos los canales habidos y por haber, nunca está de más. Si no se tiene prisa.

Salvados por el canal de noticias 24 horas y, por lo menos, alguno de música. No todo iba a ser tan negro. Condenados por las interminables teletiendas y esa invención tan genial que consiste en poner a una Barbie en primera plana, con una enorme sopa de letras detrás, esperando la llamada del agudo telespectador que ha logrado encontrar los siete utensilios de cocina escondidos de forma inexplicable entre un pequeño montón de letras. Me pregunto si habrá saturación en la línea telefónica, ante la evidencia de la solución, aunque tal vez la gran conversación que ofrece la presentadora mantiene a todos los espectadores enganchados al televisor. "Parece que hay una nueva llamada", dice, y resulta que Jose, de cincuentaytantos, acaba de ganar 2.500 euros por adivinar un nombre masculino que no contiene las letras E y O. Increíble. ¿Y dicen que estamos en crisis?